
EL
Pertenecía a una raza furiosa. El ojo destellaba en ajenas pupilas cuando se cruzaba con otros por las calles. Cierto aire insolente que contrastaba con el silencio que guardaba en las clases de voz, donde desde una esquina absorbía el mundillo espectral que lo rodeaba.
Era de aquellos que parecía no anidar demasiadas ilusiones. Sabía que era ingenuo creer en revoluciones y se jactaba de no haber sido jamás un idealista. La primera vez que le vi note que le gustaba convertirse en una especie de reptil cuando había gente. Serpentear por la vida de forma misteriosa, de manera que al resto le temiera un poco. Como un juego, porque no era realmente violento, pero convivía con cierto estado vertiginoso, provocando sospechas en los demás. Esto lo divertía.
La primera vez lo visite en su pieza de calle Libertad me sorprendió la precariedad y lo estrecho de todo. Tenía libros apilados junto a la cama. No creía que fuese un lector y me extraño encontrarme con volúmenes de Artaud, Müller, Brecht y extensos manuales de improvisación e historia del arte.
-“No encontraras nada de poesía. Ya no” me dijo sin apenas mirarme mientras espiaba entre sus cosas. Había algo de rudeza en su rostro. Como si estuviera curtido por los años aunque apenas rozaba los veinte. Estaba madurado por las experiencias de su vida. Siempre en la calle, lejos de sus cuatro paredes donde apenas se encerraba el paisaje de algo.
O se abría. Todo muy pequeño para poder disfrutar de ese silencio. Continuamente con esa amenaza extraña de que los muros se viniesen sobre nuestras cabezas cuando estábamos en la cama.
La calle lo acogía en sus recovecos. Siempre fue así. Quizás esa aspereza de sus rasgos era algo como su armadura. Lo aislaba, lo protegía. Padecía de una soledad aplastante y se le notaba. Al menos yo lo percibía.
Guardaba varios bototos bajo la cama, todos algo sucios y viejos y una pila de k-sets de otra época junto a la ventana. Nos manteníamos callados. Yo lo observaba. Preparó algo de té y puso algo que creí era Stravinsky. Nos sentamos. Tuve que correr algunos papeles acumulados en una esquina. El los cogió si demasiada delicadeza y los puso sobre las frazadas. Parecían escritos por su letra, amarillos y raídos.
-“Intente volcarme en las palabras. No me gusto nada de lo que hice. No me hizo nada bien tampoco. Todo quedo inconcluso”.
-“Y te abocas entonces al día a día” le dije mientras pensaba que lo suyo era eso de cruzarse por las esquinas y arremeter estocadas con su mirada en otros, tal como había ocurrido conmigo.
Pertenecía a una raza furiosa. El ojo destellaba en ajenas pupilas cuando se cruzaba con otros por las calles. Cierto aire insolente que contrastaba con el silencio que guardaba en las clases de voz, donde desde una esquina absorbía el mundillo espectral que lo rodeaba.
Era de aquellos que parecía no anidar demasiadas ilusiones. Sabía que era ingenuo creer en revoluciones y se jactaba de no haber sido jamás un idealista. La primera vez que le vi note que le gustaba convertirse en una especie de reptil cuando había gente. Serpentear por la vida de forma misteriosa, de manera que al resto le temiera un poco. Como un juego, porque no era realmente violento, pero convivía con cierto estado vertiginoso, provocando sospechas en los demás. Esto lo divertía.
La primera vez lo visite en su pieza de calle Libertad me sorprendió la precariedad y lo estrecho de todo. Tenía libros apilados junto a la cama. No creía que fuese un lector y me extraño encontrarme con volúmenes de Artaud, Müller, Brecht y extensos manuales de improvisación e historia del arte.
-“No encontraras nada de poesía. Ya no” me dijo sin apenas mirarme mientras espiaba entre sus cosas. Había algo de rudeza en su rostro. Como si estuviera curtido por los años aunque apenas rozaba los veinte. Estaba madurado por las experiencias de su vida. Siempre en la calle, lejos de sus cuatro paredes donde apenas se encerraba el paisaje de algo.
O se abría. Todo muy pequeño para poder disfrutar de ese silencio. Continuamente con esa amenaza extraña de que los muros se viniesen sobre nuestras cabezas cuando estábamos en la cama.
La calle lo acogía en sus recovecos. Siempre fue así. Quizás esa aspereza de sus rasgos era algo como su armadura. Lo aislaba, lo protegía. Padecía de una soledad aplastante y se le notaba. Al menos yo lo percibía.
Guardaba varios bototos bajo la cama, todos algo sucios y viejos y una pila de k-sets de otra época junto a la ventana. Nos manteníamos callados. Yo lo observaba. Preparó algo de té y puso algo que creí era Stravinsky. Nos sentamos. Tuve que correr algunos papeles acumulados en una esquina. El los cogió si demasiada delicadeza y los puso sobre las frazadas. Parecían escritos por su letra, amarillos y raídos.
-“Intente volcarme en las palabras. No me gusto nada de lo que hice. No me hizo nada bien tampoco. Todo quedo inconcluso”.
-“Y te abocas entonces al día a día” le dije mientras pensaba que lo suyo era eso de cruzarse por las esquinas y arremeter estocadas con su mirada en otros, tal como había ocurrido conmigo.